lunes, 16 de enero de 2017

Arla (cuento)

Arla sabe que ella no es su primer pensamiento al despertar ni el último al terminar el día, sabe que no posee permanencia entre sus pensamientos más recurrentes, aún así le encanta ir tejiendo los sueños con los lunares de su cuerpo que no se cansa de memorizar, aún así le gusta gasta sus horas en su compañía.

También sabe que no figura dentro de su lista de prioridades, sabe que la quiere, de una manera muy distinta a como ella suele querer todo aquello que le llena de vida y le hace sentir que tener los pies en ésta tierra vale la pena… su manera de quererla connota cierta ausencia.
Le gusta sentarse en la banca solitaria de la plaza que le permite ver casi todo lo que le interesa, puede permanecer mucho tiempo contemplando la nada, le gusta imaginar que la acompañan, qué bonito sería que le acompañaran ese corazón que carga con tanta poesía refugiada.

Se ha cuestionado un montón de veces de dónde surge esa necesidad de verle, ella sabe que llamarle con el pensamiento es inútil, pueden pasar días enteros sin que la busquen.
Arla se levanta de la cama, camina y se detiene frente al espejo, observa sus ojos, sonríe y traga un enorme suspiro, tuerce la sonrisa, frunce la nariz, cierra los ojos incapaz de ver llover por debajo de sus pesadas pestañas, levanta la mirada inundada, asenta una sonrisa forzada, acomoda su flequillo detrás de sus oídos, respira hondo y sale de su habitación.
Arla sabe que nada dura para siempre, ella sabe que eso nunca cambiará.

Se detiene en las esquinas esperando su destino, en un par de ocasiones se cruza con personas que van tomadas de las manos y se susurran cosas al oído estallando en sonrisas traviesas, ¿cuántas veces se ha imaginado a ella en ése mismo plano?... ya ha perdido la cuenta.

Saca del bolsillo su celular solo para comprobar que sigue igual que hace algunas horas, a veces se siente triste por esperar tanto, a veces sientes que ya agotó sus intentos…


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