La alarma vuelve a indicar el inicio del día, una pequeña
rachita de luz entre las pesadas y púrpuras cortitas de mi ventana me lo confirman.
Esos primeros parpadeos siempre me cuestan más que los últimos al terminar el
día.
Ahí vamos de nuevo, desentumiendo las ganas que rescato de
mis pasos cansados; hay días que las primeras gotas de agua fría sobre mi
espalda no me hacen ni cosquillas, las primeras horas del día siempre carezco
un poco de vida.
Con los ojos cerrados busco entre mis pensamientos alguna
razón para poder sentir un brinco de entusiasmo y hacer de esta monserga algo más
amable. A veces recuerdo los días que al despertar me asomaba por la ventana
para llenar mis pulmones de aire frio y fresco, y al exhalar esbozaba una gran
sonrisa, como quisiera hoy que esa ventana no estuviera ahí.
Mi parte favorita siempre es el primer sorbo de café, hoy
recordé cómo alguna vez soñé con despertar con el aroma del café hecho por
alguien más, levantarme de la cama y que no estuviera tan vacía, que mi cepillo
de dientes tuviera un compañero y que el closet estuviera lleno de ropa de dos.
Nuevamente vuelvo a buscar entre mi mente una excusa para no
quedarme en el hoyo, miro el reloj, otra vez tarde… hoy recordé cómo alguna vez
soñé tanto.

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